Las desterradas hijas de Eva

 


El 6 de noviembre de 1941 se crea el Patronato de Protección a la Mujer, que preside Carmen Polo de Franco. La institución depende del Ministerio de Justicia y tiene como misión «velar por las jóvenes caídas o en riesgo de caer». Ahí van a parar chicas de entre 16 y 21 años, «perdidas y sin arreglo», jóvenes embarazadas, maltratadas, drogodependientes, abandonadas, rebeldes, con conductas contrarias a los rigores familiares o a la moral impuesta durante el franquismo y, en algunos casos, delincuentes.

Consuelo García del Cid Guerra desentierra en su obra «Las desterradas hijas de Eva» unos hechos que han permanecido ocultos durante años y recoge los testimonios de mujeres que padecieron, sin tener culpa, un encierro carcelario y un parto traumático.

La muerte de una interna de quince años en el reformatorio de San Fernando de Henares (Madrid), justificada como un intento de fuga, descubre las condiciones sórdidas y los métodos de disciplina que se aplican a las internas en estos centros de «rehabilitación»: celdas de castigo, palizas, puertas blindadas, habitaciones acolchadas y duchas frías. Es septiembre de 1983. Al año siguiente se clausura la Junta Provincial del Patronato de Protección a la Mujer, que es sustituida por el Instituto de la Mujer, un organismo autónomo que depende del Ministerio de Cultura.

Durante cuarenta años, miles de mujeres sufrieron atrocidades en cualquiera de los convento-correccionales del Patronato. El Estado dictaba cómo debía ser y comportarse una mujer. La Iglesia encerraba a las rebeldes, les lavaba el cerebro

y las trataba con una crueldad inusitada. Cualquier médico podía robarle una criatura a su madre y entregársela a otra mediante pago. A las menores se las obligaba, bajo presión psicológica y coacciones, a firmar un papel en blanco que se convertía en una renuncia al hijo. A la mayoría de las jóvenes las habían echado de casa por quedarse embarazadas. Se hallaban solas y desamparadas, sin trabajo ni dinero, así que entregaban a sus bebés para facilitarles una vida mejor y expiar su pecado. A otras, les mentían diciendo que la criatura había nacido muerta.

Consuelo García del Cid Guerra ha recopilado testimonios de decenas de mujeres que fueron encerradas en distintos centros del Patronato, como el de Peña Grande, que acogió a menores gestantes en una época en la que quedarse embarazada fuera del matrimonio constituía uno de los «pecados» más castigados. Recordemos que el franquismo condenó a las mujeres a ser esposas abnegadas y madres amantísimas. La Sección Femenina se encargó de inculcar la sumisión al varón, que encarnaba el poder, la fuerza y la plena potestad sobre la esposa. Hasta 1978, la mayoría de edad se alcanzaba a los 21 años, aunque las mujeres no podían abandonar el domicilio paterno sin autorización hasta los 23, y siempre para contraer matrimonio. Para las mujeres que se encontraban bajo la tutela del Patronato podía ampliarse hasta los 25 años.

Algunos de los testimonios narran: «A las 6 de la mañana golpeaban la puerta de la habitación y nos teníamos que levantar. Tras el desayuno, misa, y a continuación las tareas de limpieza, que se marcaban semanalmente sin tener en cuenta el grado de gestación que pudiéramos tener. Fregábamos arrodilladas en el suelo con estropajo y jabón cualquier estancia del recinto». «El médico venía una vez al mes más o menos, examinaba a las nuevas y nos hacía un reconocimiento básico junto con la historia médica para calcular —aproximadamente— el día del parto. No existían doctores residentes, solo comadronas que se turnaban». «Algunas chicas daban a luz en esa sala completamente a solas. Intentábamos ayudarnos unas a otras, aún arriesgándonos a ser castigadas por ello». «Había niñas de 15 y 16 años embarazadas de sus padres o hermanos que ni siquiera sabían lo que les pasaba ni porqué estaban allí. Solo recordaban que alguien se había puesto encima de ellas y no entendían porqué estaban gordas».

Del dolor por lo sufrido nace la necesidad de que el pasado salga a la luz y sea conocido por la sociedad. No debemos ignorar lo que la dictadura hizo con algunas mujeres, el fanatismo y la represión de que fueron objeto jóvenes sin derechos, sometidas al arbitrio de padres o maridos que controlaban sus vidas hasta anular su identidad, auspiciados por unas leyes machistas basadas en una superioridad del hombre sobre la mujer y que hoy nos parecen una aberración.

Las desterradas hijas de Eva es una de esas lecturas obligadas para conocer nuestro pasado reciente y no permitir retrocesos en el arduo camino hacia una igualdad que aún no hemos conseguido consolidar.


Título: Las desterradas hijas de Eva

Autora: Consuelo García del Cid Guerra

Editorial: Ediciones en Huída

Páginas: 206

Año: 2025

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